jueves, 14 de abril de 2011

Por ahí sí que no paso

Apreciado señor Francisco Perez Puche, en particular, y redacción del periódico Las Provincias, en general.

Acabo de leer su artículo fechado el 8 de abril de 2011 y titulado “Universitarios” y no puedo más que pararme y hacerle llegar una respuesta nacida de la indignación lógica de aquellos cuyo honor y respetabilidad han sido, como es el caso, más que puestos en entredicho, literalmente pisoteados de una manera arbitraria, gratuita y, tengo que decirlo, desinformada.

Vaya por delante que desconozco las circunstancias propias del compañero que, ante usted, tuvo el desliz de pronunciar la frase-suspiro con la que usted abre su sarta de infaustas acusaciones. No sé en qué contexto fue proferida, tampoco sé ante oídos de quién y, lo más importante, no sé a qué asunto se refiere cuando dice que “estamos terminando” pues, desgraciadamente, usted interrumpe la narración en dicho punto para sacar unas conclusiones que, si conociera un mínimo la idiosincrasia propia de la labor del docente universitario, reconocería como erróneas, y no le concede a su ¿amigo? el beneficio de una justa explicación.

Sin embargo, y dado que la labor social que nos ha tocado desempeñar a nosotros, profesores universitarios, es precisamente la de enseñar, me voy a permitir hacer una serie de puntualizaciones a su artículo para que quien las lea no caiga en el engaño que usted, lamentable, ya ha sufrido.

En primer lugar, y por seguir el mismo orden que usted en su exposición, debo recalcar encarecidamente que los profesores universitarios somos gente ordinaria y que, por extraño que le parezca, también estamos en abril. Como la mayoría de españoles, los profesores universitarios nos encontramos inmersos en la tarea de descargar e instalar en nuestros ordenadores ese mismo programa PADRE de ayuda a la Renta 2010 de Hacienda que, según usted, absorberá por completo el primer cuatrimestre del año. Y ahí es donde me surge la primera duda. ¿Cree usted que no será así en nuestro caso? Le voy a explicar una cosa: nuestra calidad de trabajadores públicos implica que nuestro único pagador es, precisamente, el estado, el cual conoce perfectamente cuánto percibimos por el desempeño de nuestra labor. En nosotros no cabe la evasión de impuestos, ni el dinero negro, ni las cajas B; pagamos al estado exactamente lo que tenemos que pagar, ni un céntimo menos. Así que, al menos a nivel económico, nosotros podemos estar con la conciencia bien tranquila y ustedes pueden confiar plenamente en que no somos los responsables de la evasión de capitales, las especulaciones y, en definitiva, el juego sucio que es el que nos ha llevado, en realidad, a la grave crisis económica por la que estamos atravesando.

Pero no quiero extenderme en este punto más de la cuenta, ya que no es el objetivo último del artículo. Reconoce usted que no estamos “muy bien remunerados” [sic]. Bien, pues no sabe usted cuánto no-muy-bien. ¿Sabe qué percibe en neto un profesor ayudante? Aproximadamente mil euros al mes. Y digo aproximadamente, porque hay pequeñas variaciones entre comunidades autónomas, merced a la independencia de cada una. Pero las variaciones no implican descontrol: la cifra exacta es pública, y la puede conocer cualquiera que consulte el BOE, o el diario oficial de su comunidad autónoma. Pero vuelvo a la cifra: aproximadamente mil euros al mes. Para acceder a profesor ayudante es necesario ser licenciado o ingeniero… y es necesario un currículum previo. Para conseguir este currículum, los futuros profesores ayudantes han tenido que pasar por una serie de becas, contratos laborales precarios e incluso costearse su formación de su propio bolsillo, en un período que les supone una media de unos 3 o 4 años. Y eso por mil euros al mes.

Mil euros que, además, tienen plazo fijo. El tiempo que un profesional puede ocupar una plaza de profesor ayudante tiene un término establecido en 4 o 5 años (de nuevo las pequeñas desviaciones autonómicas). Durante ese tiempo, el profesor ayudante tiene que impartir clase y, simultáneamente, cursar un master y terminar su tesis doctoral. Y publicar, claro. Pero no publicar artículos de opinión vertiendo calumnias no contrastadas contra arbitrarias cabezas de turco. Eso sería sencillo. Cuando digo publicar me refiero a realizar aportaciones originales en revistas de investigación listadas en una base de datos internacional, las cuales son escasas (en el área de conocimiento de Ciencias de la Computación, hardware y Software, una de las que me tocan más directamente, son sólo 49; 49, para todo el mundo) y presentan procesos de selección y revisión de artículos rigurosos, los cuales pueden extenderse en ocasiones durante uno o dos años.

Si el profesor ayudante ha sido bueno y ha cumplido con sus obligaciones, algo que debe ser verificado en un proceso denominado acreditación y que se lleva a cabo a nivel nacional o autonómico, puede someterse a una oposición que, de ser ganada, le abrirá el paso al siguiente escalón en la carrera universitaria, el profesor ayudante doctor, donde los esfuerzos del docente serán recompensados con un incremento salarial, el cual no llega en la mayoría de los casos a los 200 euros al mes.

Y ahí no acaba la cosa. ¿Quiere que siga? ¿O ya se ha cansado? Si a usted esta descripción le resulta pesada, imagínese cómo se encuentran los jóvenes y no tan jóvenes docentes para los que esto es el pan de cada día. Tras un nuevo proceso de acreditación / oposición, el profesor ayudante doctor puede optar a una plaza de contratado doctor merced a la cual, por menos de 300 euros más al mes, su docencia se duplica. Pero, sorprendentemente, los requisitos investigadores no decrecen: siguen ahí, como una obligación sine qua non que, además, será prácticamente lo único que se valore en los subsiguiente procesos de acreditación / oposición, los cuales hacen un caso prácticamente omiso al cumplimiento de las obligaciones docentes.

Fíjese, además, que ninguno de todos estos pasos implica una plaza de funcionario. En efecto, desde las últimas reformas legales, las figuras de funcionario en la universidad han quedado reducidas a dos, el profesor titular de universidad y el catedrático de universidad. Eche cuentas y verá cuánto tiempo y esfuerzo le costará a una persona que empiece ahora su carrera universitaria el acceder a la tan ansiada plaza de funcionario y disfrutar de un mínimo de estabilidad laboral.

En cuanto a mí, no tengo reparos en admitirlo: mi sueldo es público, como también lo es todo lo referente a sus condiciones. Tras diez años como funcionario, los dos primeros como interino, y los ocho restantes como funcionario de carrera, cumplidos dos quinquenios de servicio (y reconocido un sexenio de investigación), había conseguido llegar a cobrar dos mil euros al mes cuando llegó el recorte salarial que se suponía que iba a ser del 7% y que en mi caso superaba el 10%, no entendí muy bien por qué, y me devolvió a la zona por debajo de línea de los dos millares. Hablo en neto, debo precisar, para que no haya ningún tipo de suspicacia.

Aclarado el asunto pecuniario, vayamos sobre el otro punto que usted menciona: los “gajes y posibilidades que la gran mayoría de currantes no tiene” [sic]. ¿Podría aclararme cuáles son esas increíbles posibilidades que tanto justifican la precariedad laboral? A diferencia de otros sectores, nosotros no disfrutamos de días de asuntos propios, por ejemplo. Nuestras vacaciones sólo pueden ser disfrutadas en agosto, cuando viajar es más caro. En la mayoría de los casos, tampoco tenemos un horario regular. Hay días que las clases o las prácticas se extienden hasta las diez de la noche, y otros días entramos a las siete de la mañana, pero no es difícil encontrarse con luces encendidas toda la noche en algunos de los laboratorios de las universidades, sobre todo cerca de plazos administrativos o convocatorias. Cuando asistimos a un congreso, nuestro horario laboral es completo, todo lo que dé de sí el día, porque debemos aprovecharlo al máximo, antes de volver a un hotel cuyo coste por noche debe estar limitado a menos de 70 euros (no recuerdo la cifra exacta, pero hay una disposición estatal al respecto). Si queremos ir a un hotel más caro, simplemente porque no haya hoteles con una tarifa tan ridícula, tenemos que pagárnoslo de nuestro bolsillo. Y lo mismo digo de las comidas, en lo que usted llama “restaurantes apropiados” [sic]. ¿Sabe usted que, en la mayoría de congresos a los que asistimos, con la inscripción está incluida la comida en la cafetería de la universidad o del palacio de congresos en que tiene lugar el evento? ¿Y sabe por qué es así? Por dos motivos: el primero, para que no perdamos tiempo de trabajo, que es de lo que se trata. Y el segundo porque, en la mayoría de los casos, las universidades limitan las dietas a valores que no cubren la manutención mínima de una persona.

Lo mismo podría decir cuando se trata de la evaluación de tesis doctorales. ¿Sabe usted el tiempo que cuesta evaluar adecuadamente una tesis doctoral, la cual implica el trabajo de una persona de una media de cinco años? ¿Sabe usted lo que es leer con detenimiento un volumen de unas 200 páginas, reconstruyendo los desarrollos matemáticos, comprobando experimentos y validando resultado? Esos “viajes” a los que usted alude, normalmente son realizados en el mismo día, o con una noche de hotel de por medio. Y la comida, o cena, que sigue a la exposición de la tesis doctoral no sale de fondos públicos: esa famosa comida está sufragada por el bolsillo particular del tribunal, salvo en aquellas ocasiones en que el alumno, o el director de la tesis del alumno, quiere recompensar los esfuerzos realizados por las personas del tribunal con una invitación. Así que puede respirar tranquilo: la próxima vez que vea a un profesor universitario sentado en uno de esos “restaurantes apropiados” [sic], puede tener la seguridad de que no se está metiendo en el buche despreocupadamente su contribución al estado.

Tampoco entiendo qué tiene de “agradable” [sic] un master. Normalmente, conllevan mucho más trabajo que una clase de grado, pues implican estar a la última en una determinada disciplina o técnica. Preparar una clase de master supone, aproximadamente, tres veces el esfuerzo de una clase de grado.

Y, vaya, si a eso vamos, hablemos del esfuerzo de impartición de clases. Nuevamente, vuelvo sobre mi experiencia propia, para que nadie pueda decir que hablo en vacío. Como profesor titular de universidad, imparto veintidós créditos al año. Eso se traduce, aproximadamente, en ocho horas de clase presenciales a la semana, a las que hay que añadir las seis horas reglamentarias de tutorías con el alumno. ¿Le parecen pocas? Preparar una hora de clase a mí me cuesta, como mínimo, una hora de trabajo. Si es la primera vez que imparto una asignatura, una materia o una práctica, este número puede elevarse al doble o al triple. “Pero bueno”, podrían alegar algunos, “tampoco se cambia tanto de asignatura, ¿no?”. Pues no sé en el caso de otros; lo que sí puedo decirle es que yo en los últimos diez años he impartido diez asignaturas distintas, muchas de las cuales han tenido que ser creadas desde cero. Y la previsión más plausible es que esto vaya a más: no sé si es consciente de que la universidad de española se encuentra inmersa en un proceso de adaptación a las directrices de Bolonia. Entre los grandes cambios que se nos avecinan, los estudios de grado pasan a durar de cinco a cuatro años. ¿Qué supone esto, a nivel coloquial? Pues, básicamente, un rediseño completo de los estudios. Un montón de esfuerzo invertido para que nuestros alumnos egresen en las mejores condiciones posibles, de forma que el recorte temporal tenga en ellos las menores repercusiones educativas. Y esto, señor mío, no surge de la nada.

Además, para añadir todavía más elementos de juicio, las directrices de Bolonia inciden en la necesidad de evaluación continua del alumno, y de su seguimiento personalizado. Haga cuentas, el cálculo es bastante elemental. Durante el cuatrimestre pasado dirigí una clase de sesenta alumnos a los que realicé cuatro pruebas de evaluación continua. Cuatro exámenes, para que nos entendamos. En total, doscientos cuarenta exámenes que tuve que corregir, aparte del examen final, claro, mucho más extenso y complicado. Si cada examen me costó de corregir media hora (lo cual me parece una cifra irrisoria, muy por debajo de la real y que, de ser cierta, supondría una evidente falta de respeto al alumno), estaríamos hablando de más de cien horas de corrección, repartidas a lo largo del cuatrimestre, a las que hay que añadir las consiguientes revisiones ante el alumno.

Y, no obstante, ahí no acaba todo. Mire que sólo he hablado de nuestras obligaciones docentes. Pero hay otras obligaciones: las investigadoras y las de gestión. En mi caso, intento invertir una hora al día consultando repositorios de artículos de investigación, tales como arXiv, tratando de enterarme de los últimos avances en mi área de conocimiento. A veces no lo consigo, pues mis otras obligaciones me lo impiden, pero hay veces que en lugar de ser una hora puedo pasarme el día entero consultando bibliografía. Y eso sólo para saber qué es lo que hace la gente; luego está  lo que cada uno hace. Porque construir conocimiento, señor Puche, y perdone que me exprese en estos términos, no consiste en abrir el culo y dejar entrar moscas. No podría ni aventurar una cifra de las horas de laboratorio implicadas ante una nueva aportación… y de ellas, las estériles. Porque al innovar no existe ninguna certeza de que lo que estás haciendo llegue a buen puerto. Lamentablemente es así.

Si ha venido llevando cuentas de la cantidad de horas dedicadas al trabajo, probablemente le habrán salido muchas más de las treinta y siete y media que constan en mi convenio. ¿Dónde está el fallo? Pues, básicamente, en el hecho de que los profesores universitarios, en media, dedicamos muchas más horas de las que tenemos establecidas. Ni siquiera puede hacer la consabida asociación “estar en casa” equivale a “estar descansando”. Rotundamente no. Igual en otros trabajos sea así, no lo sé, pero en nuestro caso ya le digo que no. ¿Sabe por qué decidí instalar ADSL en mi casa, hace cinco o seis años? No fue para descargarme películas o música. Lo hice para poder seguir trabajando los fines de semana. Y es que, señor Puche, quienes estamos implicados en el mundo universitario, consciente o inconscientemente, estamos trabajando siempre. En todo momento. Hace poco escuchaba divertido cómo un tesitando mío me relataba, orgulloso, cómo había ideado un complejo algoritmo durante el trayecto en autobús a casa de su novia, y recuerdo con mucho cariño una vieja anécdota de un compañero que, estando en una discoteca, se puso como loco a buscar una servilleta y un bolígrafo porque se le acababa de ocurrir una estrategia para demostrar un teorema al que llevaba dando vueltas varios meses. Una persona muy allegada a mí, también docente, se lleva artículos de investigación a la consulta del médico “por si acaso tardan mucho en atenderle”. Creo que no hace falta añadir mucho más en este sentido.

Pero todavía no he acabado. ¿Quiere más datos sobre la labor desempeñada? Generación de libros docentes. Patentes. Artículos en revistas. Ponencias en congresos. Dirección de proyectos fin de carrera, trabajos de master y tesis doctorales. Documentación en pdf y power point de todas las clases, prácticas y seminarios impartidos. Participación en claustros y órganos de organización universitaria, así como en comisiones para el diseño de planes de estudio. No le hablo de un caso particular o concreto. Le hablo de la gran mayoría de docentes universitarios que personalmente conozco y con quienes tengo el privilegio de trabajar día a día.

Quizá tras la exposición previa ahora lo haya dejado a usted en una disyuntiva de difícil conciliación: no tan buenas condiciones y no tan buen sueldo. ¿Por qué, pues, querría nadie ser profesor universitario? Y ahí mi respuesta es clara: por vocación. Porque hoy en día, quienes deciden orientar su carrera hacia el sector universitario unen a su pasión por el conocimiento una sincera preocupación por transmitir este conocimiento y contribuir de esta forma al desarrollo social. En nuestra profesión, señor Puche, todavía tiene cabida esa visión idealista que nos hace sentirnos justificados si, después de un día de duro trabajo, llegamos a casa con la recompensa de que nuestros alumnos han asimilado los contenidos que les hemos presentado o alguna revista ha considerado que nuestra investigación tiene entidad suficiente como para que sus resultados sean publicados.

Así, por último, regreso al punto que a usted tanto llamaba la atención. Mire, los ritmos de nuestras actividades se cuelan incluso en nuestra forma de hablar. Es deformación profesional, algo que todos sufrimos. Los docentes, tanto los universitarios como los del resto de niveles educativos, tenemos la manía de ver el tiempo transcurrir en términos de cursos, no de años. Por eso este primer cuatrimestre del año 2011 es, para nosotros, el segundo cuatrimestre del curso 2010-2011. Nuestro curso empieza no tras la Virgen del Pilar, como usted malintencionadamente indica, sino el 1 de septiembre (bueno, para ser exactos, unos cuantos días antes, pues el 1 de septiembre ya hay exámenes, y esos exámenes han tenido que ser preparados anteriormente, normalmente en días de vacaciones de los docentes). Terminará, si Dios quiere, el 31 de julio. Quizá en mayo terminen las clases presenciales, de manera que el 1 de junio empezarán los exámenes. Y sí, no habrá clases presenciales, pero le aseguro yo que no estaremos de brazos cruzados. Ni mucho menos.

Y si no me cree, le propongo una cosa que supongo que no le disgustará, siendo usted periodista: documéntese. Asómese a una de las universidades valencianas, elija un departamento, y recorra sus pasillos. Pregunte a los profesores que encuentre a su paso y pídales que le cuenten qué han hecho hoy, adónde van, qué están pensando. Trate de asimilar la relevancia de lo que llevan entre manos y, si es posible, pídales que le suministren el último trabajo que han publicado. Así empezará a hacerse una idea de la actividad que desarrollamos en realidad, que poco tiene que ver con la “mucha Jauja, poco trabajo, mucho despilfarro y ninguno de esos sacrificios visibles, patentes y ejemplares” [sic] a los que usted invoca en su artículo. Además, me atrevo a augurar que le costará muy poco acceder a la información que le estoy indicando, pues el profesor universitario es muy consciente de que su tarea consiste en enseñar, así como la del periodista es documentarse e informarse adecuadamente de la verdad para difundirla de manera lo más rigurosa posible. Al menos, así debería ser.

Y termino ya. Podría extenderme más, pero considero que esto es un buen comienzo. Sin embargo, sí que me gustaría hacerle llegar una duda que su artículo me suscita. No entiendo el sentido de su reflexión final. De verdad, no la comprendo. Dice usted, “de todo corazón” [sic] que moderemos el lenguaje y seamos discretos y austeros hasta el límite, porque en la sociedad se está desarrollando una cierta animadversión contra la universidad, y que eso es malísimo. A la vista de lo expuesto, señor Puche, no puedo más que preguntarme, pues, qué objetivo le movió a escribir su artículo. Porque si usted pretende fomentar el clamor contra nuestra figura, la recomendación final estaría fuera de lugar. Pero si lo que lo mueve a empuñar su pluma y presentar sus reflexiones es la sincera preocupación, apreciado señor, permítame decirle que se ha equivocado usted radicalmente en los medios. Porque flaco favor nos hacen artículos como el suyo.


Artículo Original

Universitarios

A un profesor, estupenda persona, se le escapa inopinadamente, en forma de interjección, una frase-suspiro de cansancio:

- ¡Qué agobio! Menos mal que ya estamos terminando.

Un millón y medio de neuronas, todavía conectadas, se me remueven en el asiento:

- ¿Terminando, profesor? ¡Pero si estamos a principios de abril.!

Es igual: la gente ordinaria estamos en abril, en la aventura, a veces dramática, del cuarto mes del año, pero ellos, los profesores universitarios, culminan ya, psicológica y físicamente, el calendario de trabajo que abrieron tras la Virgen del Pilar. Así es que, como mucho, les quedan unas calificaciones, el repaso de unos cursos especiales, un agradable máster o la tesis doctoral en alguna ciudad de restaurantes apropiados. lo que se llamaría detalles finales. De modo que mientras la mayoría de la gente con empleo intenta dejar atrás ese primer cuatrimestre que absorbe por entero Hacienda, ellos, me refiero sobre todo a los 100.000 profesores universitarios españoles, la mitad funcionarios públicos, culminando el grueso de su tarea, la parte dura de un trabajo que, es verdad, no está muy bien remunerado; pero anda acompañado de unos gajes y posibilidades que la gran mayoría de currantes no tiene.

Así las cosas, y divisando la extraordinaria dureza de la crisis que todavía queda, me pregunto si los rectores de las 77 universidades españolas habrán explicado en cascada, de forma que empape también la conciencia del millón y medio de alumnos españoles, que las cosas no pueden seguir así. Porque la sociedad, por más vueltas que le demos, se tiene que empobrecer al final de esta dolorosa partida un mínimo del 30 % y en las universidades que nos rodean, al menos en las valencianas, lo que se sigue viendo es mucha Jauja, poco trabajo, mucho despilfarro y ninguno de esos sacrificios visibles, patentes y ejemplares.

Por eso a mi amigo, se lo digo de todo corazón: moderad mucho el lenguaje. Sed discretos y austeros a toda hora, a ser posible hasta el límite. Porque en la sociedad, superada ya la etapa de asco a la política y menosprecio al funcionariado, veo subir y subir el clamor, casi animadversión ya contra su Universidad. Y eso es malísimo.