lunes, 30 de noviembre de 2015

Peshosha

El pequeño Joaquín, que ahora tiene dos años y medio, no sabe nada de poesía. Sin embargo, esta mañana, al salir a la calle, levanta esos ojos redondos, ve la luna menguante recortada sobre el cielo azul y exclama, a voz en grito: "¡Mía, papá! ¡Nuna!". Luego clava su mirada en mí y, como quien da una clase magistral, me dice: "Ta peshosha", que en su dialecto hecho a base de fonemas recortados significa que está preciosa.

Lo siento en su carro y le abrocho el saquito hasta arriba, que la mañana ha amanecido un poco fresca. Mientras lo hago, Joaquín no deja de mirar al satélite; saca la manita por encima del saco y, acompañándolo con el gesto, dice: "¡Ven, nuna! ¡Ven!".

Recorremos el camino que nos lleva a la guardería. Durante todo el trayecto, va jugando al escondite con la luna. Cuando la perdemos de vista tras un edificio, levanta las manos con las palmas hacia arriba y dice "No ta". Cuando vuelve a emerger detrás de los gigantes de ladrillo, exclama, entusiasmado: "¡Ahí ta!".

Y, durante todo el camino, voy pensando que, quizá, los que no sabemos nada de poesía somos nosotros.

Sobre reencuentros y privilegios

Durante mi época de estudiante, fui muy consciente de lo enormemente afortunado que era de poder asistir a las clases de algunos de mis profesores. Fui consciente, ya entonces, del privilegio que suponía ser alumno de gente de la talla de Vicente Montesinos, Francisco Belmar, Rafael Gadea o Jose María Ferrero, por poner sólo unos nombres y sin menoscabo del resto de excelentes profesionales que encontré en la ETSIT de la UPV. Muchos de estos magníficos profesores han sido, con el tiempo, compañeros y amigos. Y mi admiración por ellos, lejos de decrecer con la proximidad, ha ido aumentando.

Ahora que ya hace algún tiempo que he cruzado la línea y me he pasado al otro lado, además, empiezo a ser consciente de otro de los privilegios que la vida ha tenido a bien regalarme: el de impartir clase.

Porque si indudablemente es un privilegio ser alumno de determinados profesores, no es menos verdad que, con el paso del tiempo, muchos de nuestros alumnos se convierten en excelentes profesionales y, muchos de ellos, marcan una auténtica diferencia en el mundo. Una diferencia enorme. En casos como esos, es un motivo de orgullo poder decir: "¡Eh! ¡Yo le di clase!". Y sientes que, aunque sea un poquito, tú también has contribuido a esos logros.

Pensaba en estas cosas, hace un par de semanas cuando, por circunstancias de la vida, contacté con Marta Dabbas.

Tuve a Marta en el aula hará ya unos 10 años. Por aquel entonces era sólo una cara más; uno de tantos estudiantes que asisten a clase, o se duermen, aprueban, suspenden, van a revisión, protestan, atienden, practican... personas a las que, en vacío, despersonalizamos hasta que, en una práctica, te preguntan alguna cosa, te sientas a su lado y empiezas a descubrir que llevan dentro de sí un maravillo universo tan rico y poblado como el que más. Una de ésas.

Hoy, Marta Dabbas es la responsable de la coordinación y evaluación global de las TIC en la sede regional de El Cairo del Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas. Ha orientado su vida profesional hacia una idea muy sencilla de formular: Marta quiere acabar con el hambre en el mundo. En su periplo, Marta ha contribuido al desarrollo y operado en países como Kenia, Sudán del Sur o Yemen.

En este Año Europeo del Desarrollo (EYD20015), Marta es uno de los 19 rostros de la cooperación internacional en España que, bajo el eslogan “Acción Inspiración”, han contribuido a acercar a la ciudadanía la importancia del trabajo que realizan.

Mi encuentro con Marta me dejó marcado. Marta hablaba con naturalidad de situaciones, circunstancias y problemas que, para mí, residen sólo en periódicos (y no en todos), películas o novelas. Yo la escuchaba boquiabierto, en una de esas vueltas de tortilla que da la vida, empeñada en desdibujar la línea que separa al profesor y al alumno. No me pude resistir, y le pedí que nos concediera una entrevista, para que todos los alumnos de la escuela pudieran ver a qué se dedican algunos de sus compañeros.

En la entrevista, que podéis ver publicada en https://www.etsit.upv.es/multimedia/reportajes/marta-dabbas.html, tuve la enorme suerte de trabajar con María José Rodríguez, de Comunicación en 360º (http://mariajorodriguez.com/), quien supo orientarla de un modo magistral y, posteriormente, la puso por escrito con un toque diestro y certero. Leyendo las palabras de María José os podéis hacer una muy buena idea de las cosas que Marta nos descubrió.

Ahora, Marta está de regreso en El Cairo. Quiere seguir colaborando con su antigua universidad, porque el suyo es un objetivo ambicioso, y sabe que le van a hacer falta todas las manos posibles. Y seguro que será así en el futuro, porque despide ese algo magnético al que es imposible resistirse. Pero, mientras tanto, nos abre los ojos y nos descubre realidades que, quizá por tenerlas demasiado cerca, apenas somos capaces de ver.

Como, por ejemplo, que somos unos auténticos privilegiados.